"EL PLACER DE LA LENTITUD"
La lentitud me enseñó a vivir con una percepción bastante diferente de la realidad, la prisa lo único que consigue es vivir siempre por delante de las cosas que todavía no han ocurrido y pensamos que yendo mas rápido nos va a dar tiempo a hacer “todo” lo que “deberíamos hacer”. Sin embargo, la realidad es que lo único que estamos haciendo es perdernos la vida, anteponiendo al presente las cosas que tenemos que hacer en el futuro y que todavía no existen, creando un estado permanente de ansiedad, autoexplotación y estrés.
La búsqueda del “éxito” y la productividad compulsiva, cuanto mas hacemos, más cursos, actividades, deportes y viajes, y mas responsabilidades resolvemos en un corto plazo de tiempo, más interesantes y aplicados somos de cara al público y a la sociedad. Cuando en mi opinión, no importa la cantidad sino la calidad.
De verdad, ¿qué nos ha llevado a vivir en una sociedad tan frenética y estresante, donde las personas apenas ya no valen por lo que son sino por lo que tienen o hacen?
Hoy en día, la lentitud y la atención es la rebelión a un mundo acelerado. Reducir nuestra paciencia cognitiva es sinónimo de facilitar nuestra esclavitud intelectual y emocional.
“No es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”. Decía Jiddu Krishnamurti (1895-1986) uno de los escritores y divulgadores filosóficos y espirituales más importantes del siglo XX.
Me declaro buscadora incansable de tratar de encontrar la manera de adaptarme todo lo posible a un entorno que en realidad, es completamente imposible adaptarse saludablemente, porque como decía este sabio hombre, está enferma. Tarea complicada entonces, seguramente viva fuera del tiesto hasta el día en que me muera.
Leí por ahí que: - el sujeto que no se “adapta” a los tiempos y a las cadencias de la vida occidental es tachado de inadaptado, de individuo “incapaz” que no ha logrado introducir en su vida las “necesidades” de “los nuevos tiempos”-. Vaya, parece una desgracia, ser una inadaptada, pero es que en realidad, amo locamente a los inadaptados, porque son los que rompen los esquemas, las normas y las expectativas sociales. Por su autenticidad porque son fieles a si mismos, por su creatividad por no seguir las reglas establecidas, por su desarrollo personal que les lleva a un mayor autoconocimiento ya que se ven obligados a buscar su propio camino, por su independencia de no dejarse presionar por la sociedad, por su resiliencia ya que ese rechazo les lleva a la capacidad de afrontar nuevos desafíos.
Y mientras, con cuarententa años, sigo siendo una inadaptada. Sin embargo, busco mis herramientas para asumir la vida de la mejor manera posible, lejos de las prisas que nos rodean; disfrutar de cada momento, de cada acción y de cada persona. Disfrutar del placer de ir lento, observando, sintiendo… Lo que también llamo, fluir. Fluir como el agua, adaptándome al río (a cámara lenta) y sus formas sinuosas qué van llegando porque cuando me resisto, me doy cuenta de que algo se me esta pasando por alto y que no estoy observando bien, que no estoy aceptando la vida, tal y como me viene y de ahí reside la belleza del aprendizaje de la vida. En ese “flow” de la lentitud, el tiempo se gana, se conquista y enriquece el momento presente desde la atención plena y recuperando la capacidad para disfrutar de la lentitud de los procesos.
El cerebro rápido no puede calcular las consecuencias de sus actos: reacciona mecánicamente, no actúa responsablemente. Nos vuelve inconscientes de nuestra responsabilidad individual, social y ciudadana. Y la atención nos ayuda a ser más inteligentes.
La vida nos trae lecciones constantemente que quizás, para realmente entenderlas, tenemos que cambiar la perspectiva de nuestra visión, cambiando patrones conductuales y creencias que ya no nos sirven. Abriendo la mente, explorando nuevas visiones, enfrentándonos a miedos , siendo creativos y aceptando. Aceptando nuestra realidad porque algo viene a mostrarnos y nosotros somos nuestros mejores guías espirituales, busca a qué tienes miedo, y ahí, probablemente, residirá la respuesta de que es lo que necesitas. Me doy cuenta de que cuando aparece la resistencia, es que quizás la vida te esta dando un mensaje obvio, de que es hora de cambiar porque las cosas ya no funcionan como antes, todo esta en constante movimiento e impermanencia, entonces cuando aceptamos que hay un cambio, aceptamos el transcurso natural de la vida aunque al principio, moleste.
Hablando sobre la lentitud de los procesos, me viene un recuerdo de cuando trabajaba haciendo efectos digitales para cine, muchas veces, me daba la impresión de que si hacía las cosas desde la calma, no estaba tomándome en serio mi trabajo, eso es lo que muchos compañeros y la exigencia del sector te hacían sentir y tú al final, te lo acababas creyendo. Sin embargo, la realidad, era totalmente la opuesta. Desde la calma haces el trabajo mucho mejor y en realidad, casi cualquier cosa. Adquieres claridad mental, aumentando también la creatividad, innovación y resolución. Mejora la concentración, la capacidad para tomar decisiones y el bienestar emocional, aumenta la energía y la motivación y por lo tanto, mejora la salud física. Nos volvemos personas más pacientes, comprensivas y equilibradas con nosotroxs mismxs y con nuestras relaciones. La rapidez es una estrategia que se instaura para consumir y ser consumidos.
Parece mentira que ya hace siete años que decidí alejarme de esa vida frenética, de vivir en ciudades grandes, trabajar en empresas enormes donde los trabajadores no son mas que números y trabajar bajo presión horas infinitas. Aun así todavía, a veces, me siento culpable por tumbarme en el sofá a mirar por la ventana como pasan las nubes y me viene a la cabeza una mierda de creencia que, nos han hecho tragar con embudo en esta sociedad y es que parece que nuestro valor como personas radica en cuantas cosas hacemos en el día.
Nos queda un enorme trabajo como seres humanos valorarnos mas por los que somos que por lo que hacemos o tenemos, ya que pensamos que esto nos define como personas y sin embargo, deberíamos valorarnos por la autenticidad de quienes somos, que nuestro valor no cambia por el trabajo, las marcas de ropa o el coche que tengamos o cuantos seguidores tenemos en Instagram.
Es complicado vivir a gusto en una sociedad, donde estas creencias están tan profundamente arraigadas y que hacen tan profundamente infelices a muchísimas personas. La tiranía de la velocidad encierra la tiranía del continuo consumo y de la permanente producción. Nos hemos creído demasiadas mentiras. Lo difícil ante tanta sobreinformación, cantidad infinita de cosas, masivos estímulos externos, es saber quienes somos y qué es lo que queremos, y elegir desde la consciencia real de quienes somos. Y sin embargo, la mayoría de las veces huimos de nosotrxs mismxs, nos asusta la soledad y no queremos mirar “face to face” hacia adentro. Nos tememos a nosotrxs mismxs en esos momentos donde no tenemos nada que hacer, con quien quedar, o en lo que invertir nuestro tiempo. No hacer nada, casi se convierte en un delito emocional convirtiéndolo en un temido vacío existencial.