ATERRIZAJE EN VIETNAM

Aterrizaje en Vietnam, después de pasar veintiuna horas en dos autobuses diferentes, dieciséis horas de esperas y cinco horas de aviones. Del oeste de India, al suroeste, para subir al noreste y finalmente, volar a mi nuevo destino: Hanoi. Sí, queridos, los billetes baratos, salen caros jajaja.

La verdad que haber viajado por India no significa en absoluto que viajar a esta zona de Asia, no suponga recibir un choque cultural como un bofetón directo a la nuca. Vamos, que la cantidad de estimulaciones que te encuentras, te ponen la atención a niveles extra altos, lo que vulgarmente llamamos flipar y más elegantemente, alucinar. Aunque para ser sinceros, usando este término, me imagino comiendo alucinógenos pero noooooooo, amigos, en este caso, para alucinar no los necesitas, ¡os lo aseguro! Y por supuesto, ya tenemos incorporado por naturaleza mi droga favorita, la adrenalina, que en estos casos, estoy convencida, de que también se pone a funcionar de puta madre.

Como dice un amigo, están los que se quedan en casa viendo documentales y por otro lado, los que buscan aventuras fuera de casa. Lo siento, mamá y papá, imagino que os gustaría más que fuera mas “sencilla” pero estoy en el segundo grupo. Juro que la culpa de todo esto la tienen los genes no yo jajaja.

En fin, sigo contando. El primer o primeros días que suelo llegar a un lugar nuevo, nunca hago fotos, no puedo tener una máquina interfiriendo en la información que entra por mi retina directo a mi interior. Estoy segura de que cada detalle queda grabado en algún lugar de mi cuerpo o me gusta mas pensar, en el alma. El otro día, incluso me pillé una bolsa de pistachos y me pasé horas caminando, simplemente observándolo todo, como si estuviera en el cine comiendo palomitas.

Y pensaba, joder, que increíble es el planeta. Lo increíble que es viajar, ver diferentes culturas. Lo diferentes que son unas de otras, vivirlo desde dentro. Comer su comida, en sus restaurantes, en sus puestos de la calle, escuchar su idioma, ver sus templos, sus costumbres, ver cómo visten, cómo conducen, cómo se relacionan…

En India ya pillé algo de práctica de cómo cruzar calles sin ser atropellada pero aquí, ya me estoy limando el máster en especialización técnica, con título y todo. ¡Ah! Y además, disponéis de tutoriales en internet (gracias, mamá, por enviármelo. Siempre me cuidas).

La técnica es la siguiente: respiración profunda y lanzarte a la carretera sin pensarlo, preocuparte o mirar demasiado. ¡Amigos, ese es el truco del almendruco! ¡No debería fallar! Ya te esquivarán, o frenarán, o por supuesto, en algunos casos nadie parará y tendrás que pararte en seco, mientras pasan rozándote la punta de la nariz. ¡Pero no pasa nada! Lo bueno e increíble de todo este caos es que existe un maravilloso orden e incluso, beneficios:

1. Mejoras notablemente tus reflejos y por tanto, la autoconfianza.
2. Te das cuenta de que tienes un ángel y la señora de la guadaña o Miss Death, ha sido amable contigo y todavía no ha querido que fuera tu momento.
3. Subidón de autoestima cada vez que logras cruzar una calle sano y salvo.

La conclusión a la que he llegado, es que esta gente tiene una técnica de conducción brutal (lo que no quiere decir mejor) en comparación con los occidentales, ya que constantemente se ven con obstáculos de los cuales han tenido que aprender a resolver, a la fuerza, dadas sus circunstancias de “caos y orden, simultáneamente”.

Y podría contar muchos detalles bien locochones de esta ciudad pero creo que esto es lo que más me ha impactado y divertido me ha parecido hasta ahora. También confieso, que echo mucho de menos esquivar cagadas de vaca y verlas pasear por la calle. Echo de menos “My Incredible India” y su especial magia y principalmente, su amplia y variada gastronomía. ¡Aquí ya me salen los noodles por las orejas!

Ayer, finalmente, nos reunimos mi amiga María y yo.

¡La aventura Vietnamita continúa!

¡Gracias Vida!

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