AVENTURAS EN VIETNAM

En este viaje por Asia que tenía tantos países en mi lista para visitar, al final, se han reducido a dos. India y Vietnam. No se pueden hacer planes cerrados de aventuras tan largas porque en realidad, nunca se sabe lo que puede pasar. Primero, me enamoré de India, dónde he pasado la mayor parte de mi viaje. Y segundo, la llegada inesperada del señor Coronavirus. Lo cual, ha imposibilitado la libertad de movimientos entre países así que no me ha quedado mas remedio que cancelar mi viaje. Sin embargo, me quedo tranquila, sé que volveré a Asia en el futuro.

Esto es solo una breve actualización de la situación en la que me encuentro ahora. Pero tengo algo mucho mejor y divertido que contar.

Mi viaje a Vietnam.

Era uno de esos países que desde pequeña soñaba con visitar, supongo que algo tuvo que ver la película de Rambo jaja. María y yo cuando decidimos vernos en Asia, en ningún momento comentamos que sería en Vietnam pero la vida, hizo que nos encontráramos allí. A las dos nos motivaba este país, y la verdad, no era para menos.

Aunque confieso que mi llegada al país fue un desastre. No siempre en los viajes todo es de puta madre. Me pasé muchos días muy enferma, fiebre altísima, dolor de cabeza, malestar estomacal, algún vomito, mareos… y todo esto sola, en una habitación un poco cuchitril ponzoñosa en medio de la caótica ciudad de Hanoi. Hubo hasta un momento en que entré en paranoia por si era el virus, pero en realidad no tenía ni tos, así que pronto lo descarté . Perdí algunos kilos, desgraciadamente me he quedado bastante delgada y he perdido el hermoso culito que traje de regalo de México jajaja. Estaba muy débil y me costaba hasta salir para comer algo. Bajar y subir escaleras, era agotador. Después de una semana sin apenas, pillé bastante asco a la comida vietnamita y elegir algo en los restaurantes era tarea difícil. En fin, una de las peores experiencias que he tenido viajando, con diferencia a la gastroenteritis que tuve en India, ahí por lo menos tuve suerte de que tenía hermosas personas que me cuidaron. Mientras pasaba por todo esto, llegué a la conclusión de que viajar sola ya no tenía mucho sentido para mí pero que va, sorprendentemente resurgí de mis cenizas con mucha más fuerza. La llegada de María me animo bastante y todo el viaje que vino después me cargó la batería.

La aventura, continuaba.

Cuando finalmente, nos reunimos María y yo en Hanoi, nuestra primera parada fue Sapa, norte de Vietnam justo frontera con China, puras montañas llenas de arrozales. La vida siempre me sorprende, es cojonudo que pudiéramos celebrar mi cumpleaños con una borrachera en una celebración de una boda de gitanos mongs emigrantes en Vietnam desde hacía doscientos años, a la que muy amablemente nos invitó nuestro guía. Madre mía, no os podéis imaginar qué peligro tenían las abuelas proporcionando chupitos de licor de arroz a diestro y siniestro. Eran una jefas, manejaban el cotarro a tope, os aseguro que el matriarcado estaba palpable en esa fiesta jajaja. El caso es que no sé como llegamos a nuestra casa, menos mal que María fue la responsable porque sino no hubiera encontrado nunca el camino. Caminamos entre arrozales haciendo diminutas “eses”, controladas con un inesperado equilibrio, que no sé muy bien de dónde saqué en ese momento, esta claro que el yoga ayuda y mucho jaja. De hecho, tuve mucha suerte de no caerme dentro de alguno porque el ancho de tierra entre ellos, era bastante reducido. La cosa es que me emocioné muchísimo con la celebración espontánea. La vida me hizo todo un regalazo, una experiencia inolvidable que no podía desperdiciar, ¿quién me iba a decir a mí que celebraría mi treinta y seis cumpleaños en una boda mong en Vietnam? Como digo yo, las buenas oportunidades van y vienen, si nos las agarras al vuelo, seguramente no ocurran jamás.

La verdad que lo bonito de viajar “rápido” ( y lo pongo entre comillas porque nunca lo sentimos así aunque nos moviéramos por varios lugares en tan solo un mes), la realidad es que todo fluyó a un ritmo muy natural, sin prisas pero sin pausa, simplemente dejándonos llevar. Pues viajar de esta manera, te da otra visión y percepción de los lugares que es también muy especial, en contraste con viajar lento. Ya que surgen muchas y muy variopintas experiencias en cortos períodos de tiempo que intensifican notablemente la sensación de lo que se esta viviendo.

Cosas como que María se encontrara de “casualidad” a una amiga que conoció en Estados Unidos.

También hicimos un grupito entrañable de “Verano Azul” en Tam Kok al que se llamamos oficialmente “Tik Tok”, con dos españoles y un italiano y disfrutáramos como enanos compartiendo experiencias moteras por varios lugares, que guay es conocer gente con la que conectas en seguida pero además, que sean bonitas.

Recorrernos en moto, de cabo a rabo, la diminuta isla de Cat Ba, a María y a mí nos hizo pillar más soltura en la conducción de motos, ya que no teníamos mucha experiencia.

¡Ah! Y cayó otra boda Vietnamita, ¡dos en menos de un mes!

También nos hicieron, por primera vez en nuestra vida, una prenda de vestir a medida en el mercado de los “suits” en Hoi An, la hermosísima “ciudad de las lámparas”.

Vimos un impresionante espectáculo de circo también en Hoi An que nos fascinó, pero también tuvimos la mala suerte de ver el peor espectáculo de nuestra vida en Mui Né  (nunca vayáis al Fisherman).

Conocimos un monje en un templo con un jardín lleno de flores y plantas preciosas, que resulta que hablaba español, totalmente autodidacta y qué nos regaló a cada una, un pequeño libro sobre meditación escrito por su maestro.

Que se te acerque un menda mientras conduces por montañas y valles perdidos y resulte que no es un capullo haciendo el chulito con la moto, sino un coleguita que nos hicimos en Hanoi antes de empezar nuestra aventura y que me había reconocido por mis mallas de colores.

También nos paró la policía en un control y no teníamos el carnet de conducir internacional. No estoy loca, todo el mundo sabe que Asia no es Europa. Hay que venir aquí para entender que en este continente las reglas son diferentes o apenas las hay, como ocurre en India. El caso es que nos querían multar con una cifra bastante alta y confiscarnos la moto. Con tan buena suerte, que por alguna razón que desconocemos, les debimos caer bien y no pasó absolutamente nada, simplemente nos dejaron marchar.

Descubrimos un bar en Dalat que era un laberinto de varias plantas, llamado “100 roofs”. Un laberinto lleno de estrechos pasadizos hacia arriba y hacia abajo, algunos medio secretos, con diferentes salas y jardines, totalmente mágico, completamente cubierto de elementos de la naturaleza pero también de fantasía. Entrar ahí fue un auténtico “trip”, e incluso, tuvimos nuestro momento de sentarnos y teletransportarnos a recuerdos de nuestra infancia. La verdad que a veces molaría tener un mando y darle un “stop” al tiempo, para quedarnos en ese extraordinario momento aunque fuera por un rato más.

Aprendimos a ser peatones en ciudad y sacarnos el master cruzando calles pero también tocaba ser conductoras. Allí en Dalat mejoramos nuestra conducción en el tráfico vietnamita y menuda locura, nada tiene sentido, absolutamente, nada. Fue muy risas hacer rotondas y atravesar cruces, ahí o le echas morro o te quedas donde estas el resto de tu vida si esperas que alguien vaya a ser “polite” y te deje pasar. Y he decir que los vietnamitas son unos kamikazes bastante peligrosos, van extremadamente rápido y no les gusta nada tener que pisar el freno. Su modus operandi es el siguiente, tocar el claxon en repetidas ocasiones para que todo el mundo se aparte rápidamente de su camino, eso es todo jajaja. Es curioso porque en muchos lugares de Asia nunca tocan el claxon para cagarse en lo que alguien este haciendo mal, sino para avisar de qué van a pasar aunque estes a muchos metros de distancia de la carretera.

También llegar a la calle más rara de Ho Chi Mihn, con abundancia de la mafia y personajes bastante extraños que parecían salidos de las películas de Orson Wells, fue bastante gracioso. Ese fue nuestro último lugar de visita y nuestra despedida, yo volvía a India y María se quedaba allí unos días más. Que por cierto, tuve mucha suerte de haber podido entrar otra vez en el país. Al día siguiente de haber pasado un controlazo en el aeropuerto, de cola eterna de cientos de pasajeros que llegaban a Calcuta de vuelos externos, a los que chequeaban uno por uno la temperatura y hacían rellenar y entregar unos documentos donde teníamos que decir de que países veníamos, finalmente, pude entrar. Sin embargo, al día siguiente pusieron nuevas restricciones y ya nadie, de ningún país extranjero podría entrar, todos los vuelos externos se habían cancelado.

La situación del Coronavirus me hizo plantearme seriamente acabar mi viaje y volver a España antes de lo previsto. Aunque al principio, pensé que era mejor permanecer en India debido a la extrema situación que había en Madrid y consideré que allí estaría mucho mejor. Sin embargo, la gran incertidumbre de cómo un país tan enorme iba a afrontar una pandemia de este tipo y lo que es mas importante que pasaría después, empezó a hacerme replantear las cosas de forma muy diferente y mas cuando el planeta se ha quedado del revés. Así que después de una puñetera odisea (que os contaré en otro de mis relatos) para poder regresar a mi país, declaro oficialmente acabada mi aventura asiática para pasar a mi aventura coronavica y a pasar la cuarentena con los míos, con mi gente y en mi país.

Con pena me despido de un país increíble pero con tranquilidad porque sé muy bien que ¡volveré!

P.D. He de añadir que al final pude disfrutar de la maravillosa gastronomía vietnamita jeje.

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