MEMORIAS EN RISHIKESH
Dicen que a quien viene a India le pueden pasar una de estas dos cosas: amarlo u odiarlo.
Supongo que no es muy difícil imaginar lo que me esta ocurriendo a mí.
A pesar de su suciedad, pobedumbre, poca higiene, enfermedades, animales y personas tullidas, hospitales que parecen estaciones de trenes (y no quiero dar detalles de lo que son los baños), vacas demacradas comiendo plástico, polvo por todas partes y caos, mucho caos, entre otras millones de cosas que podría añadir… Aunque parezca una locura, existe una enorme y profunda belleza en cada mínimo detalle.
Me he enamorado de su gente, su hospitalidad, su simpatía, sus colores, sus costumbres, su comida, su naturalidad e incluso, de sus váteres en el suelo…
Llevo parada, en el mismo lugar, casi dos meses. Me he dado cuenta de que una de mis cosas favoritas cuando viajo, es viajar despacito.
Me alucina despertarme por las mañanas y ver por la ventana a los monos caminando por la barandilla de la terraza, que el panorama matinal sea verles saltando de un edificio a otro en busca y captura de alimentos, es una pasada aunque por supuesto, no es buena idea salir a desayunar a la casa del vecino con las manos llenas de fruta porque puede significar acabar rodeada de monos, atrapada en mi habitación sin poder salir y que tenga que venir mi colega a rescatarme.
He convivido la mayor parte de mi estancia aquí, con una italoalemana que conocí nada más llegar, viajábamos en el mismo autobús viniendo de Delhi y desde entonces, hemos estado compartiendo habitación hasta hace unos días que se marchó a seguir su aventura y yo decidí quedarme. Resulta que las personas que me encuentro en mi camino son una especie de ángeles y no tardamos mucho tiempo en darnos cuenta de que parecíamos hermanas. Lo mas gracioso es nuestro edificio que esta a medio construir, solo la segunda y tercera planta están terminadas, el resto sigue en obras.
En frente, tengo el único y mejor vecino que podía tener, un ruso que lleva nueve años viviendo en India, viajando y viviendo de un lugar a otro, que tiene mil anécdotas que contar y amigos hasta en el infierno.
Mola bajar a la calle y saludar con un -Namasté- a los vecinos del barrio, ir a por agua al edificio de enfrente para rellenar las garrafas, lavar la ropa a mano, ir a desayunar y acabar poniendo temas musicales con los indios y la banda que también esta tomando café, ir a comer y saludar a los dueños ya como si fueran de la familia pero además, ponerte a charlar con todo el que tengas al lado porque el entorno y el lugar siempre invita a ello.
Mola dar los restos de cascara de fruta a las vacas que mas o menos ya una se las conoce y la verdad, me flipa lo cariñosas que pueden llegar a ser algunas. Saludar a los vecinos perrunos peluditos que son lo mejor del mundo mundial. Ir a los ghats a meditar y tomar los rayos del sol mientras cantas el mismo mantra que se escucha de la tienda de música y que por alguna extraña razón que desconozco siempre repiten el mismo y cuando digo siempre es siempre, siempre! Incluso me mola lavarme el culo con esa mini especie de alcachofa de ducha para el váter (no sé por qué no usamos eso en Europa porque es todo un inventazo) Y sí, confieso que me gusta ensuciarme las manos al comer y eructar libremente sin que nadie me mire extraño.
Me encanta tener acceso a millones de posibilidades de practicar diferentes tipos de yoga, cursos y clases de todo, baile, filosofía, ayurveda… Pero para mi, en esta estancia lo mejor es coger el autorickhshaw o también llamado y conocido mas comúnmente entre turistas como tuk-tuk por diez rupias hasta Ram Jhula y de ahí, ir caminando hasta el puente que pasa por encima del Ganges, cruzar este puente a veces lleva hasta media hora lo que podrían ser solo cinco minutos porque por ahí pasan motos, vacas, humanos y monos (como información técnica el puente medirá un metro y medio de ancho), caminar entre un montón de tiendecitas saludando con un Hari Om a los monjes hinduístas que me encuentro por la calle. Y finalmente, tomarme un chai con el abuelito de abajo antes de subir a mi lugar favorito y lo que me ha hecho quedarme aquí mas tiempo, mis amadas clases de Thai Yoga Massage con mi querido profesor que por cierto, también es ruso (esto esta petado de rusos, nunca había conocido tantos en mi vida jaja). Y que he decir, que es una fuente de conocimiento y experiencia digno de eterna admiración aunque a veces tenga una temible mala hostia jaja.
La verdad, a veces me siento en una peli de Indiana Jones cuando observo los millones de detalles del entorno en el que vivo, cuando voy a los atardeceres a orillas del Ganges con esos colores y ese ambiente tan misterioso o cuando me fijo en estos tíos aventureros con sus motazas llenas de polvo y sus chupas viejunas recorriendo India o me traslado a los años sesenta cuando veo a los hippies fumando "ganja" sentados en posición de loto con sus gafotas sesenteras polarizadas… Cuando observo todo esto, es cuando pienso, antes me dedicaba a hacer películas…
Ahora, vivo en una.
¿Cómo no me iba a enamorar?