NATURAL 

Siempre me han gustado los lugares viejos. Me identifico bastante con ellos.

Recuerdo muy bien mi casa de la infancia, donde seguramente pasé los mejores años de mi vida, era una vivienda bastante antigua. Me encantaban el sonido que hacia la madera a modo de orquesta durante la noche, el horno antiguo de la cocina, que si abría sus puertas de diferentes tamaños y me asomaba dentro, era como hacer un viaje al pasado entre sus cenizas y pequeños espacios, tirar de la cadenita de la cisterna que colgaba desde lo alto y justo daba a la altura de la cabeza de un adulto, la pila de la cocina que era maravillosamente enorme, los suelos de piedra que se te congelaban los pies en invierno pero que en verano era una delicia caminar descalzos… O lo que mas me alucinaba, el Señor Piso de Abajo… Eso era magnífico y mas todavía, para un mundo visto con ojos de niño.

Lo usábamos, sobre todo, de trastero. Cierro los ojos y recuerdo perfectamente, el olor de aquel increíble lugar, a humedad. Una humedad más bien rancia, pero ese hedor me seducía perdidamente porque era característico de nuestro “Piso de Abajo”, e indiscutiblemente marcaba una separación a otro mundo/espacio en nuestro hogar.  Olía a cerrado y por mucho que dejáramos abiertas las ventanas siempre permanecía ese olor, a viejo, a humedad, a historia, a pasado… Cada detalle que había ahí dentro, era mágico. Juegos, muebles, kilos de ropa, peluches, cuadros, herramientas, libros, cajas llenas de cosas… Algunas de las habitaciones eran realmente caóticas, completamente llenas de trastos de todo tipo, por donde a duras penas había hueco para apoyar los pies. Sí, estáis pensando lo mismo que yo, supongo que padecíamos un poco el síndrome de Diógenes jajaja. E incluso, teníamos una máquina tragaperras, que a todos los niños que entraban ahí, ¡nos embelesaba!

Con el tiempo, mi papá, se hizo una especie de estudio en una de las habitaciones y ahí tenía un hermoso piano de cola, color blanco, impresionante. Pero lo más impresionante de todo era su sonido, bien añejo, que te teletransportaba a otro época. Como sus millones de cintas VHS, discos, partituras musicales, instrumentos, aparatos musicales, fotos antiguas de sus viajes, experiencias y trabajos… Otro increíble mundo dónde descubrir cosas.

Recuerdo que ir al baño, para mi, era lo mas emocionante de todo, cruzar ese pasillo, lleno de cosas por todas partes, con ese olor tan característico, para llegar a aquel oscuro y tétrico baño de color amarillento, sucio y polvoriento, donde arañas como mi cabeza de grandes habitaban en sus enormes telas, instaladas en la bañera. El grifo de agua chillaba cuando lo girabas y el agua salía marrón. Ese váter en el que, en los minutos que tardaba en sentar mi culilllo en esa piedra helada y hacer un pipí, suponía uno de los mejores viajes de mi vida.

Creo que de aquí viene, mi fijación por lugares antiguos, viejos, cascados y auténticos y mi fijación por baños peculiares. También mis lugares favoritos para viajar son de este tipo, por eso me encanta Marruecos y me enamoré profundamente de India o algunos países en los que he estado en Latinoamérica e incluso en Europa, como el casco antiguo de Berlín, con sus puertas viejas, llenas de graffitis y pintura descascarillada, me vuelven absolutamente loca o las casas antiguas en las que vivía en Londres cuando de jovencita fui okupa.

Supongo que os cuento todo este rollo, porque también en mi trabajo fotográfico, más personal, se puede apreciar habitualmente este estilo, de apariencia desgastada o deteriorada.

Es más, me encanta añadir texturas que definan y marquen todavía más, formas y detalles de la cara.

Y a la conclusión a la que llego con todo esto es que me apasiona, LA NATURALIDAD.

Me gusta la gente sin disfraces o máscaras. Me gustan las personas genuinas, auténticas, trasparentes, con sus defectos y sus virtudes, sin nada que esconder o de lo que avergonzarse.

Me gustan las personas con historia, con pasado...

Probablemente, nunca veréis una imagen mía con una piel de porcelana porque eso sencillamente, en mi mundo no existe.

En las imperfecciones reside una belleza poderosa, pero en una sociedad cada vez mas movida por falsas y superficiales apariencias, nos olvidamos de lo más profundo que llevamos dentro…

La legitimidad de ser quienes somos, ÚNICOS.

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