WELCOME TO TENERIFE

Después de una agotadora semana social, confieso que nunca me acostumbro a las despedidas, da igual las veces que haga la maleta y me marche, separarme de mis personas favoritas siempre hace que algo en mi interior se rompa. Mi abuela de Argentina cuando nos despedíamos de una visita, siempre me decía, nunca digas adiós porque así parece que pronto nos volveremos a ver.

Lo que más me da pena de las despedidas es que, en realidad, yo tomo la decisión de separarme de mis amigos, de mi familia elegida, eso supone perderme muchos momentos importantes de sus vidas y esto, os aseguro, que se me clava como una aguja en el alma, aunque también me engañaría a mí misma si no hago lo que siento y ellos también lo saben.

Un viaje de ocho horas y media al volante desde Madrid al puerto de Huelva, con el coche hasta las trancas que no cabe ni un lápiz. Y os preguntaréis, ¿pero por qué tanto tiempo si se tardan seis horas? Pues porque iba con la calma, sin prisa ninguna y tan a gustito. Me gusta recordar que mi vida antes de la pandemia cabía en una maleta, una mochila y mi esterilla, claro. Ahora ha crecido al tamaño de un huevito con cuatro ruedas, redondo y pequeño, que me lleva y me trae, bendecido como la Cabra, por dos cosas: primero, obviamente en honor a la marca de mi hermano y segundo, porque la cabra siempre tira pal monte (igualito que yo), la pandemia ya me retuvo bastante tiempo.

Es un viaje que tenía que hacer, casi siempre que algo me da miedillo o me da cosquillitas en el estómago, tengo que hacerlo, funciono así y me encanta. No hay otra manera de superar las cosas que enfrentándolas. Así que le dije a mi querido compañero, yo me voy en coche hasta Tenerife y tú, si quieres, te vas en avión porque los dos en ferry salía más caro, así que estaba claro que había que dividirse. Curiosamente, varias personas me han hecho la pregunta del millón ¿y por qué no has ido tú en avión y él en barco? Y yo me pregunto, ¿y si hubiera sido al revés, mi chico hubiera recibido esa misma pregunta tantas veces como lo hice yo? ¡Pues seguramente no! Como dice mi hermano ya con la coñita sobre el tema, en realidad sería más ético desde el punto de vista del patriarcado que mi maridito hubiera hecho este viaje en vez de yo jajajaja… Pero Paulita, no es así, esta misión estaba claro que tenía que pasarla yo.

Al final fueron once horas al volante hasta que aparqué el coche dentro del ferry, por cierto, sin aire acondicionado, con las ventanas bajadas y recursos caseros de hielitos en una minineverita que me salvó la vida y oye, ni tan mal, podía haber sido mucho peor aunque las últimas dos horas fueron agotadoras, tráfico, colas al ferry, control perruno antidroga, y subir una cuesta infernal dentro del ferry quemando embrague (nunca me acostumbro a las cuestas infernales ni tirando del freno de mano y eso que soy de pueblo lleno de cuestas).

En fin, una vez dentro del ferry, sucia y pegajosa del calor, sin una ducha a mano porque viajo sin camarote, la siguiente misión es buscarse un sitio estratégico para dormir porque, aunque las butacas parecen de primera clase de avión, ostras igualmente te partes el cuello. Así que, por supuesto, vine preparada con un saco de dormir y mi esterilla, gracias a los consejos de mi amigo Gorka que ya se conocía el asunto. De todos modos, entre la sobredosis de cafeína que llevaba para aguantar al volante tantas horas y la dureza del suelo, no favorecieron nada una posible o más o menos noche confortable. Vamos que, fue una pesadilla.

Sin embargo, ya venía preparada psicológicamente para todo esto, y cuando una se despierta con el cuerpo hecho un ocho, o también llamado cuerpo jota, apelmazado, con la fascia pegada y las articulaciones enquilosadas, no hay nada mejor en el mundo que investigar el barco, pillarte tu huequito con un poco de intimidad, plantar tu esterilla y hacer Yoga para movilizar, revivir y desbloquear. Bendito Yoga, así todo se lleva mejor, aunque te partas el cuello mientras duermes, te pases horas sentado por mucho paseito que des por el barco y no te duches desde hace tres días.

Pero el mayor regalo de todos, es que cuando pasas treinta y nueve horas en un ferry cruzando la inmensidad del océano, te das cuenta, de los diminutísimos que somos, la grandiosidad maravillosa de la Madre Tierra pero también de lo lejos que están las islas Canarias y como nos despistan con el clásico mapa de la noticias metereológicas. Esa es la parte más loca de toda esta aventura, nunca había viajado tanto tiempo en barco. Estaba claro que no podía perderme esta experiencia.

Cuando llega el momento de llegar al puerto de Tenerife, la lentitud del barco acercándose a la isla es mágica. Imagínate atracando en lo que va a ser tu nuevo lugar de residencia, de vida, de experiencia y te vas acercando poco a poco, muy lentamente, para darte espacio y tiempo de asimilación de la incertidumbre mágica y maravillosa que queda por venir.. Es una sensación que explota en el alma, grandiosa, apasionante, vibrante, junto con un montón de hormonas que están medio locas y a lo que se le une las muchas sensaciones de esta última semana de locura, llena de emociones, de amor, de despedidas, de abrazos...

Esto es la infinita felicidad que me aporta salir de mi zona de confort para descubrir un mundo nuevo, es Pura Pasión, es Pura Vida.

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